Una expedición al Estrecho de Magallanes

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Las nubes tienen un decidido aspecto dramático en la Isla Riesco, al sur de Chile . Remolinos de color gris oscuro y blanco intenso se multiplican en el cielo rosado del amanecer y con su extraño volumen tridimensional parecen acercarse cada vez más a tierra para anunciar un bravo temporal. El barco acaba de zarpar hacia el Estrecho de Magallanes , un recorrido tan mítico por su historia como por sus olas alborotadas. En cubierta, alguien recuerda que es martes 13 –fecha poco recomendada por los supersticiosos para internarse en alta mar– y logra inquietar a buena parte de los pasajeros. A poco de navegar el canal Jerónimo, la preocupación se reduce a una anécdota cuando tres delfines saltan fuera del agua y acompañan la nave por un trecho. Tal recibimiento, asegura el capitán, sella la buena fortuna para el resto del viaje. De paso, disipa los malos augurios del viejo refrán que sentencia: “Martes 13: no te cases ni te embarques”. Por lo menos, aleja los fantasmas para levar anclas.

Antes del amanecer partimos en una camioneta desde Punta Arenas , en el extremo sur de Chile, hacia la comuna Río Verde , con rumbo noroeste, donde un ferry nos llevará a la Isla Riesco. Atravesamos el centro de la ciudad –capital de la Región de Magallanes y Antártica Chilena– cuyas casonas de principios del siglo XX con coloridos techos a dos aguas le dan un indiscutido toque inglés. Muchas de ellas se convirtieron en exclusivos restaurantes, repletos de turistas que llegan desde distintas latitudes para desandar las rutas de los antiguos navegantes y seguir la pista de las ballenas jorobadas.

Lejos del centro se abren grandes estancias ganaderas hasta el puerto, límite de la península de Brunswick, donde espera el “Bahía Azul Valparaíso” para cruzar a la otra orilla. El paisaje no varía mucho en la Isla Riesco , donde los establecimientos rurales se multiplican a lo largo del camino de ripio que desemboca en una pequeña playa. Desde allí dos botes semi-rígidos nos acercan hasta el barco “Forrest” que espera en una reparada bahía. Juan José Salas, uno de sus dueños y guía de la expedición, nos recibe a bordo con un opíparo desayuno que nos despabila por completo luego del “efecto arrullo” de la van.

Después de acomodar el equipaje en las cabinas asignadas corremos a cubierta para presenciar el inicio de la navegación por el Seno Otway rumbo al Estrecho de Magallanes. Este paso natural entre los océanos Atlántico y Pacífico, debe su nombre al marino portugués Hernando de Magallanes (1470-1521), quien al servicio de la corona española lo descubrió mientras navegaba en busca de una ruta hacia las Indias Orientales. Durante varios siglos –hasta la inauguración del canal de Panamá, en 1914– este estrecho fue el más importante corredor interoceánico del mundo.

Al dejar atrás las costas del canal Jerónimo, donde enormes cascadas se abren entre bosques frondosos, decidimos recorrer el barco, de más de 26 metros de eslora y casi 7 metros de ancho. Mientras tanto, algunos pasajeros analizan en una carta geográfica la ruta a seguir durante los próximos tres días; otros revisan la biblioteca, repleta de libros de oceanografía y hay quienes estudian un álbum de fotos de colas de ballena, bautizadas con distintos nombres, para poder identificarlas cuando se muestren.

Por su carácter expedicionario, el Forrest –con capacidad para 20 pasajeros y 11 tripulantes– recuerda al “Calypso”, que surcó los mares del mundo al mando de Jacques Cousteau. Como nosotros, el explorador francés también recorrió los canales del sur chileno en busca de las acrobáticas ballenas jorobadas, que abundan en estas aguas entre diciembre y fines de mayo, donde acuden en busca de alimento.

Navegamos, ya en aguas del estrecho, a velocidad de crucero de 8 nudos hacia el paso Chak, en el ingreso al canal Bárbara, donde fondearemos para pasar la noche. Con viento a favor, podríamos alcanzar 15 nudos, pero sopla en contra y el mar está muy picado, como demuestra una repentina inclinación de la nave que arrastra copas y platos hasta el piso. Nada mejor que brindar con un espumoso pisco sour, preparado por Ricardo –barman, garzón y, con el correr de los días, casi una “nana”– para atravesar el primer pico de adrenalina de la travesía.

A las 4 am el barco empieza a mecerse. Y ese particular sonido como de bisagras gastadas curiosamente se asocia, como la luz del amanecer, a una promesa. Por eso será que cuesta poco despertarse para ver cómo despunta el día, a las 5.30. El GPS indica que dejamos atrás la Isla Englefield, donde hasta los años 70 vivieron los kawéskar, indígenas nómades canoeros, cuya población disminuyó hasta casi desaparecer.

Un asterisco verde señala en la pantalla del salón comedor el ingreso al Parque Marino Francisco Coloane, 67.000 hectáreas de borde costero protegido, que se extienden entre las islas Riesco, Santa Inés, Carlos III y la península de Brunswick, en la región Antártica chilena. Desde las ventanas se ven decenas de petreles grises y gaviotas que flotan en el mar y levantan vuelo a medida que se acerca el Forrest, que ahora gira a la derecha donde, lejos, los chorros de vapor indican que estamos en zona de ballenas.

Está nublado y hace frío, pero nada nos amedrenta: poco después de las 8.30 estamos en cubierta, cámara en mano, como pacientes cazadores. Ni siquiera los bravos skúas, que sobrevuelan amenazantes por encima de nuestras cabezas, logran desplazarnos. Pasadas las 10.30 navegamos el Seno Ballena y, claro, allí están. Al principio, las ballenas jorobadas dejan verse poco: esto sucede porque el alimento está a mucha profundidad. Al rato, vuelven a tomar impulso para sumergirse en busca de nuevos bancos de peces y es el momento para obtener la ansiada foto de la cola –según el catálogo a bordo– de “María”. Basta su aparición, casi cinematográfica, para empezar a escuchar resoplidos a babor y a estribor. Corremos de un sitio a otro para elegir la mejor toma hasta que nos entregamos a lo más importante: presenciar la seductora coreografía de dos ballenas y sus crías, cuyos juguetones movimientos podemos seguir incluso debajo del agua, transparente como la del Caribe. Casi del mismo tamaño que la franca austral (unos 16 metros de largo), esta ballena no posee aleta dorsal y su cabeza es arqueada y puntiaguda. Pero es tan exhibicionista como aquélla: no se resisten a los flashes y siguen junto al barco aun cuando cambia el curso hacia el Islote Rupert donde abundan las orcas, sus temibles depredadoras.

Después del almuerzo, salimos en los botes hacia el glaciar Santa Inés, en la isla homónima. En la zona hay al menos 150 gigantes helados que desembocan, hacia el norte, en el gran Campo de Hielo donde se encuentra el Parque Nacional Torres del Paine.

En el camino, la selva valdiviana se muestra desbordante en las araucarias que pueblan los islotes. Al fin, asoma la mole de hielo. Nos acercamos hasta el límite de lo posible –ya que navegamos con cuidado entre los pingüinos de Magallanes que flotan en el agua sin inmutarse (ver Imperdible )– y se ven en detalle los intrincados túneles azules y las agujas blancas. Desembarcamos en la playa solitaria y tomamos un sendero que parte desde el glaciar y se interna entre arbustos hasta la orilla de un río de deshielo. Al cruzarlo, el terreno asciende por el bosque enmarañado hasta un punto panorámico: el lugar justo para presenciar los ritos amorosos de los esbeltos cormoranes, que anidan en las rocas aledañas del glaciar.

A alrededor de las 19 regresamos a la nave madre, que vuelve a ingresar en aguas del Estrecho de Magallanes. Después de una ducha caliente reparadora, el barman nos recibe en el salón comedor con una vaina como aperitivo –cacao, jerez, oporto, yema de huevo y canela– para matizar la espera de la cena, que será al “atardecer”, alrededor de la 22, cuando el sol comienza a esconderse, tímidamente. Poco antes de esa hora fondearemos en el Estero Cóndor, nuestra última noche en alta mar.

Muy temprano levamos anclas y zarpamos hacia el Estero Núñez . Amaneció con un sol abrasador y la temperatura, hasta ahora de 15ºC, trepó inexplicablemente hasta los 27ºC. Con este clima, resulta menos extraño asimilar la presencia de selvas tupidas en los islotes inhóspitos que atravesamos y son, en cambio, una verdadera bendición los pedazos de hielo que rescatamos del agua para refrescarnos. Flotan alrededor de los botes y son desprendimientos de los glaciares de los Andes Patagónicos, la mayoría de ellos inexplorados. De las montañas bajan cascadas de aguas de deshielo que forman ríos y se abren paso hacia pequeños valles. Algunos glaciares, incluso, bajan como ríos de hielo hacia los fiordos de las costas occidentales, zona que alguna vez fue, también, dominio de los ágiles kawéskar.

En Bahía de los Delfines , en el interior del estero, desembarcamos para enfrentar el desafío de una exigida caminata por una selva de helechos, cipreses y canelos, donde hay que abrirse paso con las propias manos, ya que no existen senderos trazados a fuerza de machete. En todas las islas de la zona las lluvias son intensas durante el año y dan vida a junglas espesas, compuestas de especies arbóreas de hojas perennes.

Las mismas características se aprecian en la cara sur de la Isla Riesco , donde realizamos nuestra última expedición. Desembarcamos a media tarde en una mínima playa pedregosa. Un salto atlético permite aferrarse a una rama de ciprés que parece haber crecido providencialmente en ese improvisado punto de desembarco. De inmediato hay que iniciar el ascenso por un terreno en continua pendiente cubierto de turbas (material esponjoso, compuesto de diversas capas de residuos vegetales en descomposición) y coníferas.

El recorrido está repleto de caídas de agua y altos acantilados. Recién cuando se traspasa la muralla de cipreses hay un gran claro que se extiende hasta la Laguna Escondida. Ese último tramo del ascenso muestra al suelo cubierto por pequeñas flores rojas que se destacan en la turba, de color pardo. Se trata de la drósera uniflora, una planta carnívora que se alimenta de mosquitos y se convierte, por tanto, en una aliada de los visitantes, asechados por estos insectos, que proliferan en el terreno acuoso.

En este punto del camino hay que desplazarse con cuidado: a cada paso los pies se sumergen y surge agua del suelo que, combinada con un alga marrón típica del lugar, macrocystis pyrífera, transforma al terreno en una pista de patinaje. Imposible olvidar su nombre después de haberse hundido de espaldas en ese material gelatinoso que no huele a perfume francés.

La aventura, sin embargo, vale la pena. Porque permite conocer un poco más sobre la Patagonia chilena, donde los hielos eternos conviven con la selva valdiviana, que la viste de insólitos colores tropicales.

Y no puede soslayarse la intensidad del paisaje, imposible de materializar en palabras. Si al inicio de la navegación nos sentíamos tímidos discípulos de Jacques Cousteau, después de sólo tres días somos capaces de comprender el alma de proa que guiaba a los antiguos navegantes, que en condiciones extremas se empeñaron en descubrir una ruta hacia las Indias Orientales. Como aquellos, nos sentimos impactados por la belleza prístina de este paisaje desolado al que llamaron Nuevo Mundo, que a muchos de ellos atrapó hasta hacerles perder la cordura.

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