Tras las ballenas de la Patagonia

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Es mi tercera vez en este lugar y, cuando creo que ya no puede volver a sorprenderme, ahí estoy una vez más con la adrenalina y las emociones a mil. “¡Nunca habíamos tenido un avistamiento como éste!”, le escucho decir al guía, que se pasea con su cámara presuroso por la cubierta del barco.

Las ballenas jorobadas están como nunca. Saltan, muestran la cola, golpean sus aletas dorsales contra el agua, dan coletazos fuertes una y otra vez lanzando litros y litros de agua, vuelven a saltar mostrando casi por completo su enorme envergadura de 17 metros de largo y 40 toneladas de peso. El animal se encorva y deja ver su inmensa cola alzándose hacia el cielo para luego desaparecer en las profundidades del mar. Se esconden por unos segundos que parecen eternos, mientras todos buscamos con la mirada. “Están acá atrás”, grita un pasajero para avisar a los demás, cuando vuelven a aparecer a apenas un par de metros del barco, estremeciéndonos una vez más con su fuerte resoplido.

Décadas atrás casi fueron llevadas a la extinción por la industria ballenera. Hoy nadan libres, sabiendo que la única captura es con una cámara fotográfica. Y justamente nosotros nos movemos frenéticos de un lado a otro del barco con la única intención de retener ese momento mágico con una foto.

Cada avistamiento es diferente. La primera vez que vine a este lugar llovía de manera copiosa y las ballenas no quisieron acercarse demasiado. La segunda vez disfrutamos viendo varias colas y algunas aletas dorsales bajo un sol esplendoroso. Esta vez vimos un espectáculo privilegiado, bajo fuertes ráfagas de viento, lluvia y un frío que partía las manos. El Parque Marino Francisco Coloane definitivamente no es una feria de cetáceos amaestrados como SeaWorld, ni es un tranquilo paseo por aguas tibias. Esto es enfrentarse con la naturaleza virgen cara a cara.

UN LUGAR ÚNICO

Cada año, a mitad de diciembre, empieza la llegada de estos cetáceos a las aguas del Estrecho. Se sabía que las ballenas jorobadas migraban por el Pacífico desde las aguas cálidas de Centroamérica, donde se reproducen, hasta las gélidas aguas antárticas, donde cada verano se alimentan. Pero un grupo de científicos chilenos descubrió que algunos ejemplares eligieron las aguas circundantes de la isla Carlos III para alimentarse. Es decir, migran juntas desde la línea del Ecuador, pero por alguna razón aún desconocida, algunas deciden quedarse en el Estrecho de Magallanes y otras siguen hasta la Antártica. Suceso que convierte a esta zona en el único sitio del hemisferio sur donde se alimentan ballenas jorobadas fuera del continente blanco.

Es un misterio cómo logran orientarse de manera tan precisa atravesando la maraña de fiordos e islas del sur de Chile, para regresar año tras año a las aguas de la isla Carlos III, el punto central del Parque Marino Francisco Coloane, ubicado a unos 180 kilómetros al suroeste de Punta Arenas.

Juan Capella, uno de los científicos que descubrió este lugar, divide su año entre Colombia y el campamento científico-turístico ubicado en la isla Carlos III. De diciembre a abril estudia este grupo de ballenas en el Parque Marino y, de mayo a noviembre, trabaja con la Fundación Yubarta en Colombia donde continúa el estudio de estos mismos ejemplares.

Tan conocidas ya son estas ballenas para él, que 120 adultos y 35 crías tienen nombre y forman parte de un catálogo fotográfico disponible para todos los turistas en la isla. Todas las jorobadas tienen distinta coloración en la parte ventral de su cola (tonalidades blancas y negras) y diferente forma en la aleta dorsal, lo que permite reconocerlas individualmente.

Poder compartir con los científicos es uno de los mayores atractivos de desembarcar en la isla. La empresa Whalesound nació de los mismos investigadores que descubrieron este sitio, instalando un campamento de domos ecológicos, una estación científica y un domo comedor. ¿Otra ventaja? Los cetáceos se pueden avistar desde tierra, porque suelen nadar a escasos metros de la isla.

MÁS QUE BALLENAS

En nuestro itinerario no puede faltar otro clásico patagónico: visitar un glaciar. Temprano en la mañana partimos rumbo al glaciar Santa Inés, ubicado a una hora y media de la isla. Alrededor de 30 minutos de navegación se deben hacer en zodiac, así que no olvide ir muy abrigado y aceptar esos poco asentadores trajes de color naranjo resistentes al agua.

Quedamos frente a frente a esta masa imponente y milenaria. El silencio es interrumpido solo por los sonidos de las cámaras que nunca se detienen, porque cada vez que cambia un poco la luz por el movimiento de las nubes, el glaciar da un nuevo rostro con colores que van cambiando del blanco al azul intenso. Luego desembarcamos a una orilla para realizar el célebre ritual de un buen whisky con hielo milenario o un chocolate caliente para entibiar el cuerpo.

Regresamos nuevamente al área del Parque Marino, para ver colonias de lobos marinos y miles de aves, como pingüinos de Magallanes, cormoranes y albatros de ceja negra. Además de ballenas jorobadas, es posible ver ocasionalmente orcas, ballenas minke y sei.

Otras expediciones en el área se pueden realizar a bordo del M/N Forrest, que agrega en su itinerario distintos desembarcos en la isla Riesco. Aquí se pueden ver cipreses, canelos, coigües, coicopihues y un verdadero bosque en miniatura repleto de líquenes, musgos e incluso unas pequeñísimas plantas carnívoras que comen insectos.

La idea de este barco es identificarse con el capitán Robert Fitz Roy, quien recorrió por primera vez estas costas a principios del siglo XIX a bordo del HMS Beagle. Por eso, cuando las condiciones del tiempo y seguridad lo permiten, el espíritu de esta expedición es recorrer y salirse del itinerario establecido para entrar a otros lugares.

Mientras camino tratando de esquivar helechos gigantes, no dejo de pensar que aún existen lugares en la Tierra donde sentirnos exploradores. Acá en la Patagonia el encuentro es entre dos: uno mismo y la naturaleza. 

M/N FORREST

Es un barco de 27 metros de eslora, recién restaurado para el turismo. Realiza una travesía que no deja de sorprender en sus 3 días, recorriendo el seno Otway, el canal San Jerónimo, hasta llegar al Estrecho de Magallanes. Tiene capacidad para 20 personas, con habitaciones dobles y cuádruples. Programas de dos ó tres noches con sistema todo incluido. También es posible “chartear” el barco, eligiendo su propio itinerario u optar por travesías centradas en safaris fotográficos.

Tel. 56-61-613-933
www.expedicionfitzroy.com

WHALESOUND

Recorre el Estrecho de Magallanes en una embarcación más pequeña y concentra su itinerario mayoritariamente en la isla Carlos III. Se duerme en el campamento que tiene capacidad para 12 personas en domos dobles, con baño compartido. Programas de una y tres noches con sistema todo incluido.

www.whalesound.com

TEXTO: EVELYN PFEIFFER | FOTOS: RONALD PATRICK

Posteado en: http://in-lan.com

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