Reserva Natural Karukinka, el color de la naturaleza

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“Poder llegar”, “ojalá poder llegar”, es una de las frases que puede definir bien lo que es intentar alcanzar Karukinka, que en lengua Selk’nam significa nada más ni nada menos, que “nuestra tierra”. “Poder llegar”, digo, porque aterrizar en la ciudad de Punta Arenas y cruzar el Estrecho de Magallanes en dirección a Tierra del Fuego, es sólo la primera etapa de esta aventura. Aún restan muchos lugares por descubrir antes de llegar a Karukinka, y Porvenir, capital de la isla de parte del lado chileno, es uno de ellos. De paso, como ocurre cuando uno tiene un objetivo claro, admiramos un paisaje geográfico y humano característico de la Patagonia: el frío y amplitud de sus estepas y la calidez y esfuerzo de su gente.

En un mini bus, muy apretados, logramos salir de Porvenir en dirección a Cámeron, una gran hacienda que está alrededor de cien kilómetros, y a la cual viajamos bordeando casi toda la Bahía Inútil por sinuosos caminos que son ya una postal de las interminables pampas patagónicas. El Sol comienza a caer sobre el horizonte y aún no es posible ver nuestro destino. Finalmente llegamos de noche, buscamos refugio en la única hospedería que hay, la cual atiende don Sixto, asador oficial de Cámeron y encargado de controlar el generador que da luz a todo este pequeño caserío austral.

Ahí, entre charlas y nuevas amistades nos enteramos que hay un vehículo de la posta local que hará una ruta hacia el sur (más al sur del sur) para realizar vacunaciones, y que gentilmente podrían llevarnos hasta un sector conocido como Pampa Guanacos, en donde existe un retén en el cual podríamos esperar a probar suerte junto a la ruta. Dicho y hecho.

Luego de unas horas acompañando al equipo de vacunación logramos llegar a Pampa Guanacos, y para nuestra suerte, en ese lugar, personal de PDI de frontera amablemente nos ofrecen dejarnos en las cercanías de la Estación Vicuña, puerta de entrada a la Reserva Natural Karukinka. “Pudimos llegar”, pensamos alegres. Ciertamente, toda esta jornada se soluciona fácilmente con un vehículo propio, pero siempre es bueno considerar que hay quienes, como nosotros, prefieren un juego de incertidumbre y aventura para descubrir nuevos destinos.

Respecto a Karukinka, cabe mencionar que se trata de una Reserva que está bajo el cuidado de la Sociedad de Conservación de la Vida Salvaje en Chile (WCS, por sus siglas en inglés). Organización privada que no permite llegar y arribar sin antes haber hecho contacto con sus oficinas en Santiago. Acción que sí realizamos, y por ello somos recibidos en cómodas cabañas ciento por ciento alhajadas.

Hay una particularidad en esta aventura que tiene que ver exclusivamente con la fecha en que visitamos esta Reserva, que es el mes de abril, un mes en que en los bosques de Karukinka todo se transmuta en una verdadera paleta de artista, que pinta cada hoja en cuanta tonalidad le permita su visionaria inspiración.

Lengas y Ñirres

Aquí existen dos singulares especies arbóreas que hacen que esta travesía a Karukinka tenga el valor que posee. Se trata de bosques caducifolios subantárticos compuestos por la Lenga (Nothofagus pumilio) y el Ñirre (Nothofagus Antárctica). Ambos son remanentes de bosques primarios, no existiendo nada semejante ni tan antiguo en estas latitudes, adquiriendo con ello importancia a nivel mundial para preservarlos de la tala y el avance de la ganadería ovina, tan común en la zona.

De hecho, según historiadores, fue este último proceso parte causal de la extinción de los antiguos pueblos originarios de estas tierras, ya que la reducción sistemática de los bosques para pastoreo obligó a la principal fuente de alimentación de los Patagones: los Guanacos, a retirarse. Estos, aún cuando todavía se ven en las praderas mientras caminamos con el trípode al hombro, ya no son cazados por nadie, los anteriores habitantes se extinguieron y de ellos sólo se siente la presencia en la profundidad de los bosques que son decorados por líquenes y las Barbas de viejo (Usnea sp.) que se mecen con el viento austral.

Sólo luego de unos días de exploración, y revisando los mapas con unos “gauchos” chilenos con sus piernas cubiertas por lana de oveja, es que dimensionamos la verdadera extensión de esta enorme reserva. Para conocerla más, optamos por salir de madrugada a Lago Escondido, ruta es sólo para vehículos 4×4 y requiere de gran destreza al volante, entendiendo que se trata de una temporada límite antes de la llegada de la nieve, aunque no es nada comparado a la ruta hacia el sector La Paciencia, que está ubicado al sur en la costa del Seno del Almirantazgo, que sólo se puede realizar a caballo por varios días.

Y es al interior de Karukinka donde se perciben sus verdaderos espacios y sonidos. En las ramas bajas de un Ñirre se escucha el murmullo de Cachañas (Enicognathus ferrugineus) alimentándose de las semillas que encuentran, además se pueden llegar a divisar zorros (Lycalopex culpaeus o griseus), carpinteros (Campephilus magellanicus) y también Guanacos que ramonean todo cuanto encuentran. La diversidad asombra. De hecho también existe, y en exceso, una especie invasora como hemos visto en otras islas: el Castor (Castor canadensis), que fue introducido en la Patagonia Argentina de unas pocas parejas y en el lapso de unos años han poblado toda Tierra del Fuego causando estragos en los bosques subantárticos fabricando sus represas.

Caminando tranquilamente por Karikinka pensamos en el ejemplo de los castores, la lejanía de este lugar, su silencio, su diverso color, su belleza.  Una y otra vez nos resuena fuerte una enseñanza: debemos generar conciencia no sólo al nivel de proteger y preservar, sino a nivel de ser visionarios en la posibilidad de contaminar las tierras prístinas con especies o ideas foráneas. Karukinka tiene aún tiene mucho más por enseñarnos, es por eso que si comprendemos que todo el planeta es “nuestra tierra” tendríamos muchas más Karukinkas en dónde sorprendernos como niños y aprender.

Posteado en: http://www.guioteca.com

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