Rafting en el Futaleufú

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El Futaleufú, en pleno corazón de la Patagonia, es uno de los ríos con más y mejores rápidos del planeta. Por eso todos los veranos llegan cientos de turistas, chilenos y extranjeros, y ahora el pequeño pueblo promete convertirse en la capital mundial de los deportes de aguas blancas.

Llegué a Futaleufú agotado. Exhausto. Y ansioso. Después de casi cuatro horas de viaje arriba de un bus desvencijado, por fin estaba en uno de los destinos estrella de la Patagonia chilena; un remoto rincón en el que estrellas de Hollywood como Antonia Banderas han comenzado a comprar tierras. Sí, finalmente había llegado a uno de los ríos más caudalosos del mundo. Por fin podría entender por qué veinte mil turistas llegan cada verano con un sólo y desquiciado propósito: arriesgar el pellejo, lanzándose río abajo.

Para raftistas y kayakistas, el Futaleufú está en la misma categoría que los ríos más top del mundo como el Colorado en Estados Unidos; Zambezi en Zimbabwe; Tsang Po en China y Franklin en Australia. Por eso el año 2000 se celebró en este austral, tranquilo y cálido pueblo, el Campeonato Mundial de Rafting. Y eso es, justamente, lo que explica que las excursiones y las semanas de full adventure se cobren en dólares. Y no en pesos, la moneda local.

El río Futaleufú nace en Argentina (la frontera está a exactos diez kilómetros) y hacia fines del verano, en plena temporada turística, alcanza un ancho promedio de ciento diez metros. Qué decir de sus aguas: tiene varios rápidos grado cinco en la escala de dificultad que califica entre uno y seis lo que es humanamente posible transitar. Recorrer. Intentar. Probar.

Eso quiere decir que el Futa, como los lugareños le dicen al río, mueve enormes volúmenes de agua y en ciertos puntos exige técnicas de remo muy precisas para lograr salir con vida. De hecho, en los últimos diez años, el Futaleufú -un río de intenso color turquesa, que aparentemente es tranquilo, pero vaya que puede ser traicionero- se ha tragado a al menos seis personas.

Es verdad. Estoy en el Shangri-La de los ríos. Y eso me lo dejan claro en la oficina de Expediciones Chile; una de las tres empresas con más experiencia y prestigio en los descensos. Las otras son Earth River y Bio Bio Expediciones.

Claro que hay una diferencia. La compañía en la que acabo de pagar pertenece a Chris Spellius, un antiguo medallista olímpico que inició la explotación turística del río después de probarlo solo a bordo de su kayak, a mediados de los 80´s.

Chris es un tipo rudo. No tiene cuello, sino un tronco afeitado. Sus manos no parecen manos, sino dos enormes remos. Y su currículum deportivo está plagado de “grados cinco”. Así es que nada puedo hacer sino sumarme con fe al grupo de turistas que esta mañana, por fin, conocerá el famoso y temido Futa. El plan es bajar en rafting el tramo más popular. Lo que aquí se llama el “puente a puente”, un duro circuito que consta de al menos nueve rápidos: ocho grado cuatro y un grado cinco, con nombres tan gráficos como Tiburón y Cazuela.
Conforman el improvisado equipo un alemán, amante del sur chileno, cuatro estadounidenses que acaban de terminar un curso de naturaleza extrema y yo.

Por el lado de la empresa, bajarán en kayak dos canadienses que son “rescatistas” profesionales, otro norteamericano que está a cargo de nuestra balsa y un chileno que conducirá el cataraff, una especie de balsa gigante que es la última línea en caso de rescate. En total, cuatro guías para cinco turistas. ¿Se va entendiendo de qué va esto?

-¿Dónde hay más probabilidades de caerse? -pregunto a Chris, cuando concluye la primera charla de seguridad.

-Ufff. En varias partes -responde sin sarcasmo.

El río está alto y el tramo contratado incluye al Mundaca, un temible rápido grado cinco que termina justo donde comienza una enorme piedra. La “línea de seguridad” por la que debemos bajar pasa justo entre unos temibles requerios, en una pendiente de treinta grados. Terrible. Es justamente aquí donde el río pierde su color turquesa para volverse completamente blanco. Las corrientes son caóticas. Hay espuma por todas partes, el ruido es ensordecedor y no se distingue el supuesto “camino” a seguir.

Baja primero uno de los kayakistas. Aunque por un momento desaparece bajo las olas, consigue avanzar sin problemas. Sigue el otro quien, con un movimiento preciso de los remos, evade por la derecha la tremenda roca que divide al río en dos. Ahora es nuestro turno. El cataraff nos vigila de cerca y, en cuestión de segundos, estamos dando la pelea. Y qué pelea. Remo con tanta fuerza como puedo. “Derecha-adelante”, “derecha-adelante”, grita el guía a todo pulmón. Y yo, como los demás, clavo el remo por la derecha hacia delante. “Izquierda-atrás, “izquierda-atrás”, grita esta vez. Y ahí vamos tratando de que la balsa retroceda hacia la izquierda. Cosa que se vuelve crítica cuando ya sabes que, justamente, es de estos movimientos que depende tu vida. Y la de todos en tu grupo.

Los segundos se vuelven horas. Hay agua en todas partes. Me balanceo hacia delante y hacia atrás, pero también hacia arriba y hacia abajo. Siento que estoy dentro de una lavadora y que si no me aferro a la balsa voy a salir expedido en cualquier momento. De pronto uno cae. O casi. Justo cuando a uno de los estadounidenses se le suelta una pierna y después la otra, el compañero del lado lo toma por los hombros y lo reincorpora. Lo salva. El Mundaca, velozmente, queda atrás.

-¡Increíble! ¡Increíble! ¡Hasta respiré agua! -comenta el norteamericano que no se cayó, empapado hasta los huesos, cuando concluye la bajada.

Los guías despliegan eficiencia militar para recoger la balsa, subir los kayaks al mini bus en el cual llegamos, reunir los remos y planificar la bajada del día siguiente. La aventura tiene su propia rutina. Y a mí simplemente no me sale la voz. Salvo cuando me entero que en la noche, en la discoteque de Futa, habrá un campeonato de chamamé, el baile típico de la Patagonia.

-¿Y habrá cerveza? -balbuceo.

-Mucha cerveza, asado de cordero, vino, mujeres, truchas, lo que quieras -dice Chris.

Y créanme. Fue verdad.

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