Punta Arenas: Un pasaje al fin del mundo

0 1447

Hay grandezas que no existirían si no fuera porque las alentó el delirio. Ese hacer las cosas a la medida de los dioses supera el concepto de desafío, aunque también cuente. Va más allá incluso de la necesidad de trascender, tan humano al fin de cuentas. Por eso una ópera en Manaos. Una muralla china. Las catedrales góticas. El cruce de los Andes del ejército de San Martín. Por eso el poderío económico (apenas uno de tantos) de los Braun que a principios del siglo XX alcanzaba, sólo en tierras propias y concesionadas, la cifra de dos millones de hectáreas. Fue la mayor fortuna de la Patagonia y posiblemente la más importante de Chile. Sin el espíritu expansionista de los Braun, ese bastión austral de la soberanía chilena no sería sino una cuenta más en el rosario de enclaves fronterizos. Y hasta es muy probable que no pasara de ser lo que a simple vista resultaba evidente: apenas una punta arenosa en el estrecho de Magallanes.

Sandy Point

Así la llamó, en 1764, el navegante John Byron, abuelo del lord más famoso de toda la dinastía Byron, George Gordon Byron, escritor prolífico y gran poeta a quien la malaria se lo llevó al otro mundo a los 36 años, durante su estadía en Grecia. Al Byron vicealmirante, el nombre se lo sugirió la lengua de arenas y detritos que avanza cerca en el estrecho.

Iban a pasar 85 años entre su aproximación a este paraje desierto y la decisión del gobernador de Magallanes, José de los Santos Mardones, de trasladar allí (a fines de 1849) la guarnición y presidio de Fuerte Bulnes, ubicado 62 km al sur, también sobre el estrecho. Un par de años después, un motín militar puso fin al proyecto de colonia, que recién pudo reflotarse en noviembre de 1853 con el nuevo gobernador, Jorge C. Schythe. Por decreto del presidente Montt, Punta Arenas pasó a tener rango de capital del Territorio de Civilización de Magallanes. Se la dividió en manzanas de cien metros de lado que se separaron por calles de 20 metros de ancho, unas en dirección norte-sur y otras de este a oeste. Pero no fue tan fácil consolidar una base en el extremo continental chileno. No faltaron algunos incendios parciales ni la remezón militar, que se anunció el 12 de noviembre de 1877 con otra gran revuelta.

La región fue un imán para buscadores de oro, cazadores de lobos de fina piel, aventureros, desesperados dispuestos a trabajar en las minas de carbón, de cobre, oro, manganeso. Y no sólo eso. Hubo, además, un furor de ovejas. Miles y miles de ellas. La ganadería fue el más eficaz de los móviles del “Plan Colonizar”: aumento del ganado lanar, disminución de los habitantes originales. Ya bien entrado el siglo XX, los alacalufes, onas, yámanas y compañía habían dejado de ser un problema.

En una vieja edición enciclopédica (circa 1930) se relata que Punta Arenas “llegó a tener estación radiográfica, telégrafo y correo”. Que “fue uno de los puertos mejor provistos de comunicaciones, conectado por numerosas líneas regulares de vapores a los puertos sudamericanos del Atlántico, a los de Europa, y a todos los de Chile”. Que “tuvo apostadero naval, subinspección de faros, Prefectura de policía, juzgados (…), aduana, Registro civil, cuerpo de bomberos, gobernador eclesiástico y consulados de casi todas las naciones europeas (…); iglesia parroquial, comunidad de religiosos salesianos (dedicados a diversas industrias) y de Hijas de María Auxiliadora, asilo de la Sagrada Familia, un hospital denominado de la Caridad y otro Naval, biblioteca pública, sucursales bancarias, varios colegios y escuelas particulares para niños de uno y otro sexo; escuelas públicas, alumbrado eléctrico, un teatro municipal, varios buenos hoteles, matadero público…” ¿Y qué más? Ah, sí: una decena de periódicos entre diarios, semanales y otros.

Muy intensa debe haber sido la vida social en Punta Arenas, donde a principios del siglo XX la población no llegaba a mil y sólo de clubes había media docena: Club Primera Compañía de Bomberos, Club Social Croata, Club Alemán, Club Centro Español, Club Inglés y Club Magallanes.

La familia Braun

Cementerio de Punta ArenasSi hubiera podido hacer su voluntad, Sofía Hamburger habría pegado la vuelta sin siquiera desembarcar. Pero la joven no se achicó. Después del largo viaje en el paquebote alemán Sakkara, el 7 de enero de 1874 puso pie en tierra chilena junto con su marido, Elías H. Braun, y sus cuatro hijos. El hombre era lituano y dado que Letonia estaba entonces bajo el poder de la Rusia zarista, decidieron huir: el terror a los pogroms los empujó hasta el Estrecho de Magallanes. Habían aceptado las condiciones del gobierno chileno: de éste recibieron una pequeña parcela, materiales para construir una vivienda, algunos animales domésticos, víveres para seis meses y a colonizar se ha dicho. Y ya se sabe lo que colonizar significaba.

En dos décadas, esta familia ya controlaba (si los datos de la web no mienten) cerca de 1.376.160 hectáreas en toda la Patagonia. En esa inmensidad se criaban 1.250.000 de cabezas de ganado lanar; por año producían cinco mil millones de kilos de lana, 700 mil kilos de cuero y dos millones y medio de carne. Desde el sur de la provincia de Chubut hasta el Estrecho de Magallanes se extendía el imperio Braun. La lana fue el oro de la estepa y el turbal. Y lo demás llegó por añadidura: la explotación del cobre, los bancos, la naviera, los frigoríficos, la compañía de seguros y la de servicios telefónicos…

Sara, la hija mayor de Sofía y Elías se casó con José Nogueira, un portugués llegado a Punta Arenas antes que los Braun, que hizo una gran fortuna con la caza de lobos marinos. A fines de 1880, Nogueira recibió del presidente Balmaceda tres macro concesiones en Tierra del Fuego: una a su nombre de 160.000 hectáreas, otra de 150.000 hectáres a nombre de Mauricio Braun (el hermano que le seguía a Sara), más un millón de hectáreas para la creación de sociedades pastoriles. Pero Nogueira falleció, víctima de tuberculosis, un año después. Tenía 45 años. Sara, con 20 menos, fue la única heredera de tan inmensa fortuna que supo manejar muy bien; a su hermano Mauricio le vendió una parte importante, y se reservó el flujo de intereses de la gran concesión pastoril de Tierra del Fuego. Esta mujer, que dicen era muy bella, llegó a administrar dos millones de hectáreas entre propiedades y concesiones. Era 1910 y todavía faltaban unas cinco décadas antes de que la aparición de la fibra sintética provocara, en todo el mundo, el derrumbe del precio de la lana.

Iconos de Punta Arenas

A la entrada hay un retrato de Waldo Seguel, primer juez de Punta Arenas. Del lado opuesto, mira fijo Josefina Montes, nieta de José Montes, acaudalado comerciante que llegó a este confín en 1874. Esto es lo primero que el visitante ve cuando traspone el umbral del Museo Regional, que funciona en la que fuera la residencia de Mauricio Braun y Josefina Menéndez Behety, hija de una familia adinerada comprometida con la industria naviera y luego la lanar. Este palacio (1906) fue construido especialmente para ellos, que vivieron con sus diez hijos hasta 1920 cuando decidieron emigrar a Buenos Aires. La construcción del canal de Panamá había cambiado de manera drástica el rumbo de las rutas de navegación comercial.

La casa se conserva tal como era cuando estuvo habitada. Los ambientes conservan su mobiliario original y la holgura económica se aprecia en cada detalle. Del cielorraso cuelgan lámparas francesas con cristales belgas, preciosas. La parte donde se distribuían las habitaciones de los chicos y la sala comedor de éstos, es ahora museo histórico, que se continúa en varias salas más. Abajo, en el subsuelo, se explaya el territorio de la servidumbre: sus dependencias, la cocina, la alacena, el lavadero, el sector de las calderas.

Dicha propiedad es hoy monumento nacional y está a pasos de la Plaza de Armas, con una grandiosa estatua de bronce de un indígena al que el dedo gordo de un pie le brilla de tantos besos que se le estamparon, porque acá –dicen– eso da suerte. El centro fundacional es un ejemplo de la riqueza aquí florecida, de lo que dio de sí Punta Arenas. Y da. La ciudad luce limpia, ordenada, con pocos edificios altos y los signos de la elegancia pretérita bien conservados. Punta Arenas rezuma estilo.

Aún en los horarios de mayor actividad bancaria, no se oyen bocinazos, ni anda la gente esquivando autos por cruzar mal. El peatón respeta y se lo respeta. Parecen ingleses. Sólo el sistema de taxis lo devuelve a uno a la realidad chilena: aquí, como en Puerto Montt, a un taxi suben hasta cuatro, el viaje tiene valor fijo y cada uno baja donde le conviene.

Otro emblema edilicio y monumento nacional. El palacete donde residió doña Sara Braun, ejemplo de arquitectura neoclásica de fines del siglo XIX. El edificio es hoy compartido por un hotel muy bonito –el José Nogueira– y el Club de la Unión, con entrada individual.

Icono muy particular es el ciprés, que tiene aquí su propia estética. Los podan de tal manera que el follaje toma una apariencia aterciopelada, en sus dos modelos básicos: los cipreses-hongos (la copa muy redondeada), con variante cilindro –como se lucen en varios puntos de la ciudad– y los cipreses-conos de helado, que prosperan en el cementerio (“el” paseo insoslayable); aquí, los cipreses, además de haber alcanzado una altura monumental, aparentan ser desmesurados conos de helado de palito, con la parte inferior de la copa a ras del suelo. El tronco permanece oculto detrás de una arborescencia de gran diámetro. Hay avenidas de estos conos, grupos, hileras, algunos solitarios. Son los verdaderos fantasmas del camposanto, los que “encarnan” la espiritualidad en este dominio de paz eterna reluciente de lápidas, panteones y nichos ornamentados, una suerte de Recoleta y Chacarita donde comparten escenario los apellidos con prosapia y otros de honorable anonimato. Recorrerlo es constatar cuán grande fue el cruzamiento de nacionalidades europeas que hicieron posible Punta Arenas.

La centolla es otro símbolo local. Avanza en las cartas de todos los restaurantes, no importa el nivel ni el estilo. Santa centolla. Es congelada, claro. Y es una pena también, porque su gracia gustativa se perdió en el bajo cero. La glorifican en Sotito’s, clásico de-toda-la-vida de la restauración local a pasos de la antigua ferretería que hizo construir un tal Jorge Jordan (llegado en 1899) en la primera década del siglo XX, y todavía en manos de sus descendientes. Delante de estos locales está la costanera, ahora renovada y reconvertida en un Puerto Madero a la chilena.
Fiel a su condición portuaria, la ciudad tiene su zona roja y está en la calle España, una antes del mirador, al que se llega subiendo un buen número de escalinatas. Desde aquí se captura una imagen completa de Punta Arenas y su zona franca, un destello en el llano costero continental junto al estrecho de Magallanes.

Posteado en: http://www.lugaresdeviaje.com

Tagged with:

Reportajes Similares