Patagonia chilena: el maravilloso sur trasandino

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Con el tórrido verano que nos está tocando vivir a los cordobeses y algunos inconvenientes extras (como los cortes de energía), hay propuestas de viajes que resultan ciertamente tentadoras.

Tomar rumbo al sur, donde siempre “se consiguen” algunos grados menos de calor, es una de esas alternativas. Y en esa dirección se llega a la Patagonia. Si la Patagonia del lado argentino es bella, la del otro lado de la cordillera de los Andes no le va en zaga. El sur de Chile es un territorio digno de ser conocido.

Las había visto en fotos, muchas veces, y esas imágenes decían que merecía la pena conocer la Región de Magallanes, en la provincia de Última Esperanza, y el punto principal de atracción: las Torres del Paine.

Si se le anima al omnipresente viento, con ráfagas que van de los 10 a los 70 kilómetros por hora (y a veces más), pero a la vez quiere disfrutar de temperaturas máximas de 18º / 20º C en pleno verano, no lo dude, ese es el destino.

El viaje comienza en el Aeropuerto Córdoba, desde donde LAN lo lleva a Santiago de Chile y desde allí, conexión mediante, lo deposita en Punta Arenas. Tras un viaje por ruta de alrededor de 2,30 horas, estará en Puerto Natales, donde arranca la aventura.

El lugar fue poblado, a comienzos del siglo pasado, por obreros de un frigorífico que luego se reconvirtieron en pescadores. Hoy, la principal actividad es esa, la pesca, seguida por el turismo y los servicios.

Como todo emplazamiento de pescadores, la ciudad de Puerto Natales tiene el encanto típico de los puertos, los fondeaderos de las barcas de pesca y esa dependencia del mar que marca a sus habitantes.

Está ubicada en una de las orillas del canal Señoret, en el seno (una entrante del mar más profundo y ancho que un fiordo) Última Esperanza, es la puerta de entrada al Parque Nacional Torres del Paine y la separan 250 kilómetros de Punta Arenas y sólo 50 kilómetros de la ciudad argentina de Río Turbio.

Caminar por la calles de Puerto Natales tiene un encanto muy particular. Sus casas bajas, casi todas de madera y pintadas con colores pasteles, algunos fuertes y otros más tenues, tienen una característica muy particular: muchas de ellas están “forradas” por chapas metálicas clavadas como escamas, sobre la madera.

Cuentan los locales que hace tiempo, cuando las provisiones –como los combustibles y aceites– llegaban enlatadas, los habitantes descubrieron que abrir esas latas y tambores, aplanarlas bien y recubrir sus casas con ellas, les permitía preservar el interior de las viviendas del viento fuerte y siempre presente en la zona.

Las calles de la ciudad, asfaltadas, limpias y prolijas, discurren por suaves pendientes y ondulaciones que bajan hacia la costa, donde hay dos muelles: el de los pescadores y el que sirve de amarradero al buque que periódicamente llega con las provisiones para la población.

Hoteles y hostales; almacenes y tiendas; restaurantes, casas de té, cafeterías y bares, se distribuyen en la zona céntrica de la ciudad, por donde deambulan turistas de todo el mundo (particularmente europeos y estadounidenses) que llegan a conocer la Octava Maravilla del Mundo, título conseguido este año según el concurso público del sitio Virtual Tourist y el “quinto lugar más lindo del mundo”, según National Geographic.

A la conquista de las torres

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Con Puerto Natales y el hotel Remota como base de operaciones, la excursión obligada es hacia el Parque Nacional Torres del Paine, distante 110 kilómetros al norte de la ciudad.

Se trata de una excursión de día completo, la salida del hotel en camioneta o minibús es a las 8 en punto y el regreso es alrededor de las 18. Es decir, son 10 horas repartidas en viaje por ruta (asfaltada y de ripio); paradas para observar las vastas estancias de la zona con miles de cabezas de ganado ovino y los galpones de esquila; la fauna de la región, compuesta por manadas de guanacos que pastan en libertad (son silvestres), ñandúes, zorros, cóndores y la presencia invisible de pumas, según el guía que acompaña a los excursionistas, y caminatas de baja dificultad para acceder a los miradores.

La recorrida es por todo el parque, de un extremo a otro, para admirar y disfrutar de la vista de lagos, bosques y hielos y, la cereza del postre, la vertical de 1.800 metros de las Torres del Paine, el Paine Grande, los Cuernos del Paine, el cerro Spada y el Aleta de Tiburón, vistos desde su base.

Para lograr las mejores vistas hay varios miradores: La­guna Amarga, Lago Nordenskjöld, y cascada Salto Grande, entre otros.

Luego de un almuerzo con características de pícnic, en medio de la naturaleza y con un menú que incluye desde una consomé hasta un plato de carne preparada en disco de arado (por Charly, el chofer), con vino, gaseosas, postre y café, Pedro, el guía, invita a realizar una caminata por el bosque patagónico hasta la playa del lago Grey, donde espera otra sorpresa: grandes témpanos de hielo que flotan por el lago y allá, al fondo, el glaciar del mismo nombre, que nace en el Campo de Hielo Sur.

Para que la experiencia sea completa, los paseos en el Parque Nacional Torres del Paine se pueden combinar con otros que permiten conocer la vida en Patagonia, visitar a su gente y descubrir su cultura.

El hotel Remota ofrece una gran variedad de programas, como las excursiones a Torres del Paine, estancias, lagos y lagunas; navegación en fiordos; cabalgatas y bicicleteadas; avistaje de aves y fauna, y pesca con mosca. Según sea la preferencia del visitante, los paquetes abarcan desde tres a 14 noches.

El hotel es un destino en sí mismo, por su estilo, su construcción y su concepto. Diseñado por el arquitecto chileno Germán del Sol –sus dos alas con 72 habitaciones, se asemejan a dos brazos dirigidos hacia el mar y su edificio de áreas comunes, el cuerpo– parece “nacido” de la tierra.

Su estructura en la que prevalecen las maderas nobles de la zona, los grandes ventanales (para aprovechar las muchas horas de sol del verano) y los techos recubiertos de tierra y coirón (pasto típico de la región), hacen que se mimetice con el entorno.

La falta de televisores e Internet en las habitaciones (sólo los hay en los espacios comunes, como el lobby) implica el concepto del lugar: disfrutar de la naturaleza, descansar y “desenchufarse” de la vida en las grandes ciudades, en un lugar remoto pero no inaccesible.

Hay una opción también recomendable, que es combinar la visita por tierra a Torres del Paine con un crucero por los fiordos del Campo de Hielo Sur.

Escrito por Juan José Erramouspe

Postaedo en http://www.lavoz.com.ar/

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