Las historias de Tantauco

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Frente al Parque Tantauco uno puede quedarse sólo en la admiración de un paisaje de contrastes y excesos, que en este caso, es mucho y del bueno. Son 118 mil hectáreas de conservación, restauración de ecosistemas y de turismo sustentable en medio de bosques siempre verdes, cipresales milenarios y grandes turberas (sin mencionar la fauna y flora). Todo en la parte más al sur de la ya sureña Isla Grande de Chiloé, a más de mil kilómetros de Santiago, con 154 kilómetros de costas bañadas por el no siempre Pacífico océano.

Pero hay que ir con el oído atento a Tantauco, tanto como los ojos abiertos. El viaje desde Santiago es largo. Se debe llegar hasta Puerto Montt, cruzar el Canal de Chacao y luego viajar unas cuatro horas en auto hacia la ciudad de Quellón. Desde ahí existen dos opciones, entrar al parque por la puerta norte o la sur. Si es la sur, habrá que tomar una lancha que demora otras dos horas y media (o cinco si es la embarcación más grande) en llegar al muelle de Caleta Inio.

Nos acompañaba en la lancha el director de la escuela de Inio, Joel Vera, quien nos puso al tanto del acontecimiento más importante del momento: los efectos del maremoto de Japón, que por esas cosas de la naturaleza, había golpeado fuerte a este rincón de Chiloé. Casas y botes arrastrados por la subida del mar durante la noche. Pescadores precavidos que los habían dejado a buen guardar y otros que no creyeron en las advertencias y luego vieron destruirse su fuente de trabajo, refugiados en el cerro. El llanto de las mujeres ante el espectáculo.

De golpe, la caleta había dejado de ser un caserío de nada. Ahora era un lugar donde vivía gente golpeada por la impredecible naturaleza. Gente que vive de la recolección del pelillo, una alga que se exporta a buen precio y que es el sustento principal de este poblado de 40 familias. Un caserío sin calles, comercio o plazas. Con una iglesia que construyó el ya mítico padre Ronchi (el mismo sacerdote que dio vida y fe a tantos poblados australes) y que será restaurada, y teléfono y televisión satelital.

En Inio, Tantauco tiene una casi nueva casa de huéspedes de seis habitaciones. Como todo acá, el albergue se guía por estrictas normas amigables con el medio ambiente. La luz eléctrica (y el agua caliente) solo se da entre las 6 y las 11:30 pm. Para los verdaderos campistas, el lugar ofrece 24 sitios de camping, aislados unos de otros por un paisajismo bien logrado. También existe un pequeño museo con objetos de diversa índole de la tradición chilota. Con mujeres de la comunidad se trabaja en un vivero y huerta que merecen una visita: son instructivos del trabajo de recuperación que realiza el parque y además, muy lindos.

Hicimos en una mañana el Sendero Punta Rocosa. Fueron 4,5 kilómetros suaves y fáciles, bordeando la costa. Partimos en el faro de madera que permite una vista general de todo el sector, y luego fuimos pasando de playa en playa: Caranca, Chona, Los Quetros, Las Dalcas, matizados por espacios de bosques de canelos y coigües, escuchando al Hued-Hued y los chucaos; esperando ver un zorrito de Darwin o algún pudú (el ciervo más pequeño de América). Terminamos en la playa Piedras Blancas, amplia y desolada.

Luego en la tarde seguimos caminando, por los 6,5 kilómetros del sendero Alto Inio. Subimos hasta llegar a la cima del cerro y desde ahí tuvimos vistas espectaculares de la bahía, el río, el poblado. Pasamos por el lado de turberas, esas extensiones de humedales que datan de la última glaciación; y luego nos internamos por un bosque húmedo, silencioso para el citadino, pero que invita a abrir los sentidos. El bosque parece mágico y quizás un poco aterrador en sus intrincadas formas.

Tantauco tiene 120 kilómetros de senderos, por lo que nuestro trekking fue solo una pequeña muestra. El más largo es el Sendero Transversal, de 52 kilómetros, para el cual se necesitan unos cinco días. Exige más destreza y equipamiento, sobre todo porque hay momentos de completo aislamiento. Otro de los senderos más recomendados es el de Caleta Zorro, de 42 kilómetros, que en cuatro días lleva hacia la costa casi inexplorada del sector este. Dicen que la playa es preciosa (ver recuadro con más senderos).

En Inio vale tanto el trekking como hacer amistad con sus habitantes. Visitamos la escuela del profesor Joel. Son dos cursos, con niños entre 5 y 13 años, todos expectantes ante las visitas, ocupados en sus tareas. Tienen buen equipamiento y una cocinera que hace maravillas con el menú del día. La escuela esconde secretos, pero pídale al profesor que se los cuente, son sorprendentes. Y por sobre todo, hay que visitar el hospedaje y cocinería de la señora Silda, pródiga en sabiduría. Dejó su casa, en alguna isla de Chiloé para recorrer Chile trabajando; luego se casó­ –“vieja eso sí, de 30”– con Carlos, que le salió bohemio, “pero lo reformé, porque así tiene que hacerlo una mujer”. Y Carlos asiente, ya reformado.

La entrada norte tiene otra cara. Desde Quellón se avanza 14 kilómetros al norte, hasta el cruce Coinco Alto y desde ahí otros 18 kilómetros hasta la portería Yaldad. Acá hay un pequeño sendero de 500 metros que lleva hacia un recién construido Centro de Visitantes. Pero se debe internar más en el parque para llegar al sector de lago Chaiguata desde donde se inician los senderos de largo aliento.

Chaiguata es el gran centro de operaciones, donde ingresan el 80 por ciento de los visitantes del parque, con sitios de camping, pícnic y caminatas. Acá también está el vivero más grande, 100 por ciento forestal, con capacidad para 25 mil plantas en el exterior y 100 mil en el invernadero, básicamente de coigüe y ciprés. Y donde se realizan actividades como los Talleres Culturales para niños de las escuelas públicas de Chiloé orientados al aprendizaje sobre el medio ambiente; y el programa “Emprende Tu Travesía”, operado por la empresa Latitud 90, donde por cuatro días llegan alumnos de colegios vulnerables de Santiago.

El sector norte está a mayor altura sobre el nivel del mar que la parte sur, por lo que la vegetación es diferente. Hicimos el Sendero de la Cascada, que incluye sectores de estepa, con arbustos y rocas; y luego el alucinante bosque encantado. Acá se ven ñirres, canelos y tepúes, helechos costilla de vaca (ya se dará cuenta por qué el nombre), mañíos. Hay puentes colgantes y una pasarela de 180 metros de cipreses de las guaitecas.

En fin, oídos y ojos para un parque lleno de secretos, imágenes y sonidos.

Posteado en: http://in-lan.com

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