En el corazón de Tierra del fuego

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Recorrimos la mítica Tierra del Fuego y nos asombramos con sus paisajes perfectos, extremos, solitarios y tranquilos. Éste es un viaje cuyas preocupaciones pasan por no caerse con el viento y esquivar a las ovejas en el camino. Todo muy cerca del fin del mundo. 

Texto: M. Soledad Holley, desde Tierra del Fuego (Elmercurio.cl)

Para ir a Tierra del Fuego hay que estar preparado. Hay que prepararse para enfrentar con santa paciencia la suspensión de vuelos y navegaciones por el mal tiempo, con el riesgo de perder conexiones a distintos lugares del mundo. Hay que estar dispuesto a mover – o cortar con un hacha- los árboles que recién se han caído y bloquean la carretera. Hay que ir atento a frenar cuando un guanaco o una vaca o un caballo se cruzan sin decir agua va frente al auto. Hay que tratar de no espantar al rebaño de dos mil ovejas que a las ocho de la tarde, cuando todavía quedan varias horas de luz por delante, se apoderó del camino para pasar ahí la noche. Hay que olvidarse de celulares, energía eléctrica, estaciones de servicio para reabastecerse de bencina, incluso de algún kiosco que venda pan o una botella de agua. Pero sobre todo, hay que saber que hace falta llevar toalla, saco de dormir, y si es posible una carpa que soporte el frío y el viento – que aquí llega como si nada a 90 kilómetros por hora- para instalarte donde mejor te acomode, porque en el rincón más austral de Chile todavía no hay infraestructura suficiente para atender turistas acostumbrados a hoteles de camas mullidas.

Suena rudo. Sí, lo es un poco. Pero al poco rato, cuando estás instalado junto a la fogata, escuchando historias de arrieros y baqueanos que no se amilanan frente a un bagual en el monte, pero que son incapaces de dirigirle una mirada a una mujer que intenta seducirlos en un cabaret de Porvenir, y no te das cuenta que pasaron tres horas antes de que pudieras probar esas deliciosas costillas de cordero a las que no les dejaste ni un rastro de carne, sientes que el baño privado y el computador son simples detalles de los que puedes prescindir durante varios días. En Tierra del Fuego no cuesta cambiar el switch. Sólo hay que internarse hasta el final de la carretera que todavía se construye hacia el sur de la isla e intentar maravillarse con la pampa, los bosques de lenga milenarios, los ríos y lagos llenos de truchas, y la historia de los indios y colonos que habitaron esta tierra que para la mayoría de los chilenos todavía es desconocida y que suena en el mundo como uno de los sitios más místicos del globo.

Cualquier viaje por Tierra del Fuego debiera comenzar en Porvenir. Es conveniente darse un tiempo para conocer el museo Fernando Cordero Rusque (Padre Mario Zavataro 402), que exhibe buena parte de la historia de la isla, apreciar edificios como el de la Cruz Roja y la iglesia San Francisco de Sales, y comprar la toalla que seguro necesitarás de ahora en adelante. También es el momento de abastecerse de alimentos, bebidas, artículos de tocador, gasolina e implementos para el frío, porque, como ya explicamos, una vez que Porvenir queda atrás, no hay forma de conseguir nada más que un cordero recién faenado para el asado.

De hecho, en el primer tramo del camino, que bordea la enorme bahía Inútil, sólo hay pampa y estancias ovejeras. Una de las más importantes fue la de Onaisín, que domina el desolado paisaje con sus grandes galpones de esquila y un pequeño cementerio que merece un alto de algunos minutos. Luego, más pampa, más viento y más ovejas, unas peladas y otras todavía peludas. Claro, porque durante la primavera y el verano es cuando las comparsas de esquiladores van de estancia en estancia rapando cuanta oveja se les cruza por delante.

En la estancia Río Hondo, poco antes de llegar a Cameron, la comparsa está en hora de almuerzo. La rutina que llevan es más o menos la misma en cada estancia: se levantan al alba a tomar desayuno, a las seis suena una campana y los cinco esquiladores comienzan con destreza a pelar ovejas. A las ocho paran y comen porridge con chuletas – de cordero, claro- para recuperar energías, luego retoman la faena, vuelven a descansar, vuelven a trabajar, a las doce almuerzan y a eso de la una y media ya están de nuevo con la esquiladora en la mano y una oveja entre las piernas con cara de circunstancia. Se mueven rápido, contra el tiempo, compitiendo entre sí, para al final de la jornada ganar unos pesos más que el de al lado. Aquí deben esquilar unas 5.000 ovejas, y en cinco días ya llevan la mitad.

En Cameron se puede comer algo en casa de Eufrocina Hernández, visitar las dependencias de esta estancia, que es otra de las famosas de Tierra del Fuego y ver cómo marcan a los corderos nacidos esta temporada. Pero todavía falta bastante camino por recorrer hasta llegar al club de caza y pesca que la Enap tiene en el lago Blanco, donde nos esperan con centolla fresca y un suculento asado al palo, así que más vale internarse de nuevo en la pampa.

A ratos la senda se hace monótona y el sueño te vence. Por eso, cuando te cruzas con cuatro empeñosos ciclistas franceses que no se amilanan ante el viento y el frío, y que ya llevan buena parte de Sudamérica recorrida a pedal, saltas del auto y te acercas a mirarlos como si fueran extraterrestres recién bajados de su nave nodriza. Después de 250 kilómetros y varias detenciones en el camino, la pampa desaparece repentinamente y aparecen las primeras lengas que indican que estás a un paso del lago Blanco, uno de los mejores sitios en la región para la pesca con mosca.

Llueve, pero no importa. La caminata entre la turba y los troncos caídos a la orilla del pequeño río que pasa por detrás del refugio resulta reconfortante después de una jornada de auto. Huele a tierra húmeda y a palos quemados. La centolla fresca es un manjar de dioses y el cordero promete estar a la altura.

Germán Genskowski no quería que la carretera pasara por su estancia. De hecho, el trazado inicial de la ruta que atraviesa Tierra del Fuego y pretende llegar hasta Yendegaia, en el canal Beagle, para así lograr un mejor acceso a Puerto Williams, en el extremo sur de Chile, estaba contemplado para pasar casi por la puerta de su casa, a orillas del Fagnano, aquel lago que compartimos con Argentina. Pero Genskowski se negó, porque si había trasladado todos los implementos para construir su casa a lomo de caballo, atravesando cerros y remontando ríos, bien podía caminar un kilómetro con todo tipo de pertrechos desde la vera del camino hasta el cálido y confortable living de su hogar.

El camino en cuestión es uno más de los proyectos del Bicentenario de Chile, y cuya fecha de entrega estaba para el 2010. Digo estaba, porque los escollos en la ruta han sido más de los inicialmente planeados y se estima que recién entre el 2015 y el 2020 el Cuerpo Militar del Trabajo (CMT) podrá abrir una huella razonable para el paso de un vehículo a través de las rocosas y nevadas cumbres de la Cordillera Darwin.

Por ahora, la ruta se interna hasta un poco más allá de la estancia Lago Fagnano, de propiedad de Genskowski, y salvo que tengas una invitación del mentado estanciero o te hagas íntimo amigo del oficial de guardia en el campamento del CMT, no puedes pasar más allá del lago Deseado.

Llegar sólo hasta ahí no es una mala opción. De hecho, puedes armar campamento a orillas del lago sin tener que pagarle un peso a nadie por el sitio. Desde ahí, puedes hacer trekking hasta el vecino lago Despreciado y ver in situ cómo los castores han destruido gran parte del bosque fueguino con sus represas. Si te animas, puedes arrastrar un kayak y remar hasta el cansancio. O puedes llevar tu caña y constatar, sin mucho esfuerzo, porqué Tierra del Fuego tiene fama mundial entre los pescadores, especialmente entre los mosqueros: las variedades de trucha o salmón abundan por estos pagos.

Precisamente a pescar se dedican algunos del grupo mientras aguardamos la venia del Ejército para ir hasta el lago Fagnano. Al cabo de una hora, el oficial de guardia da el pase, nos proporciona una escolta para ir abriendo el camino y comenzamos a avanzar, esquivando guanacos y rocas, por el tramo más reciente de esta carretera.

Supuestamente, el Pechuga, nuestro guía, sabía exactamente dónde está el acceso a la casa de Genskowski, pero está tan camuflada que nos pasamos de largo. Así y todo, Germán y su mujer, Maricela, que no se complican demasiado si se quedan aislados porque la nieve tapó el camino y viven de lo más bien sin refrigerador, lavadora ni agua corriente para bañarse cada mañana, reclaman que el camino los deja empolvados, que con las tronaduras se asustan los caballos y que por culpa de la ruta, que se supone los acerca a la civilización, los turistas más aventureros, aquellos que buscan los rincones más salvajes e inhóspitos, ahora ya ni se asoman. “Hay que acostumbrarse al camino”, dicen ambos con resignación.

Esto de que ya casi no lleguen turistas los tiene sin cuidado. De hecho, hasta les agrada, porque aunque construyeron una sencilla cabaña – con camas sin sábanas- para recibir visitas y arrendarla a quienes anden de paso, Germán y Maricela hoy prefieren dedicarse a sus nietos que vienen a visitarlos desde Punta Arenas, el ganado, la huerta y recibir amistades.

Hasta antes de la llegada de la carretera, los Genskowski recibían viajeros, en su mayoría europeos, que hacían cabalgatas por los cerros o que venían caminando desde el canal Beagle a través de la Cordillera Darwin. “A una pareja una vez le dijeron que si hacían una fogata al otro lado del lago Fagnano, yo los iba a ver y los iba a ayudar a cruzar el río Azopardo”, cuenta con cara de pícaro Germán mientras toma un sorbo de mate amargo. “Ahí estuvieron como cuatro días. ¿Cuándo iba a saber yo que las señas eran para mí?”.

Lo que en realidad hacía esta familia era organizar toda una estadía en su estancia. Así, los visitantes entraban a caballo, compartían con ellos más de algún asado al palo, navegaban en kayak o zodiac por el río Azopardo, pescaban y, para rematar, a bordo de una embarcación recorrían los ventisqueros del seno Almirantazgo, donde desemboca el río Azopardo.

La navegación hasta el Almirantazgo era justo lo que teníamos planeado para el día que llegamos. Pero como en Tierra del Fuego todo depende del viento y la lluvia, tuvimos que conformarnos con el nada despreciable panorama de cabalgar entre unos altos pastizales en ese entorno privilegiado a la orilla del lago Fagnano, contemplar el rápido pasar de las nubes sobre los cerros escarpados, escuchar historias de tipos que creyeron descubrir el negocio del siglo al encontrarse con una pequeña colonia de pingüinos emperador en el seno Almirantazgo, volver a empacharnos con varias costillas de cordero acompañadas de una mayonesa con ajo casera insuperable, y quedarnos junto a la fogata hasta las dos de la mañana cantando guitarra en mano y viendo cuán estrelladas pueden ser las noches en estas latitudes.

Si vas en caravana, deberías agregar una radio a tu lista de materiales. Se hace muy necesaria cuando no coordinas bien las siguientes paradas, y el de adelante mete el pie en el acelerador dejando al resto del grupo sin saber hacia dónde doblaste. Eso es precisamente lo que nos pasó cuando decidimos conocer la hostería Las Lengas, el único alojamiento con buena infraestructura – teléfono satelital e internet incluidos- en toda la región, ubicado en la otra orilla del lago Blanco. El sitio, acogedor y con una vista inmejorable del lago, especialmente cuando el viento sopla con fuerza y levanta olas espumosas, es muy concurrido por pescadores. También es casi el único lugar donde puedes conseguir un almuerzo – bastante caro para lo que ofrecen- sin tenerlo encargado de antes, y encontrarte con algunos turistas que andan de paso, como una pareja de franceses jubilados que llevaban algunas semanas recorriendo Tierra del Fuego y que tenían su campamento armado por ahí cerca.

Decíamos que la radio puede ser muy útil. Como no la teníamos, debimos detenernos en el puesto de Carabineros en Pampa Guanaco. Desde ahí, el Pechuga intentó comunicarse con las estancias del camino para saber si había pasado una camioneta arrastrando un kayak y otra pisándole los talones. Logró ubicarlos definitivamente en la frontera con Argentina, en el paso que lleva a Río Grande, así que, con las coordenadas claras, comenzamos la persecusión, pero con calma. Por eso, cuando tropezamos con un piño de dos mil ovejas en medio de la carretera, nuestra primera reacción no fue querer sacarlas a bocinazos del medio. Ver al arriero tomando mate junto a la fogata, instalado ya para pasar la noche sin más cobijo que una manta gruesa, a sus perros atados vigilando que ninguna oveja intente escaparse, y ese inmenso rebaño parado sobre una colina peinada por el viento con la extensa pampa como telón de fondo, es una postal difícil de olvidar.

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