El embrujo de Wulaia

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“En Wulaia penan”, dicen los pescadores de Puerto Williams y los que navegan por el canal Beagle. Lo dicen abriendo bien los ojos, como queriendo asustar al interlocutor, y moviendo la cabeza y las manos para espantar al espíritu que ande cerca. “En Wulaia penan”, una especie de sentencia, de amenaza que queda flotando en las cabezas de los que acaban de embarcarse en el patrullero Isaza, de la Armada, para navegar rumbo a la mentada caleta, ubicada 75 kilómetros al suroeste de Puerto Williams.

El grupo, compuesto por arqueólogos, geógrafos, un ingeniero agrónomo, representantes del Ministerio de Bienes Nacionales, una chef de Punta Arenas, un ayudante que es descendiente de yaganes y un suizo que oficia de guía turístico y encargado de la logística de la expedición, va con una misión: evaluar el terreno para licitarlo a un proyecto ecoturístico y arqueológico.

Todo un desafío, considerando la lejanía del lugar, las inclemencias del tiempo y las dificultades de acceso. Sólo se puede llegar en lancha después de unas tres horas de navegación desde Williams, o a pie desde Puerto Navarino, sorteando quebradas, tupidos bosques, nieve en las cumbres y la infaltable turbera, esa alfombra húmeda de vegetación que cubre gran parte de la Patagonia y que sería el equivalente austral a la arena movediza.

Nada nuevo para la expedición, acostumbrada a internarse en los lugares más inhóspitos de Chile y a pasar largas temporadas durmiendo en carpa, calentándose junto a una fogata al aire libre y comiendo lo que les cupo en la mochila. Claro que ahora es distinto. Los organizadores se las ingenian para llevar una cocina a gas, colchones para cada uno de los participantes, un generador eléctrico – requisito indispensable para cargar las baterías de las radios portátiles y para los que no se pueden despegar de sus computadores- y una cantidad de comida suficiente para alimentar a un regimiento durante varios días.

Pero, ¿qué gracia tiene Caleta Wulaia, en apariencia un lugar hermoso como tantos otros en la zona del Beagle, para atraer a una expedición científica con todo este despliegue? ¿Qué interés podría tener un privado en licitar un pedazo de tierra de tan difícil acceso para traer turistas amantes de la naturaleza, cuando resultaría más fácil y económico algo más cerca de Punta Arenas?

Razones sobran. Se trata de una pequeña bahía ubicada en el canal Murray, al sur del canal Beagle, muy resguardada del viento que sopla constantemente en la región, de aguas muy calmas y que es paso obligado para las embarcaciones que navegan hasta el Cabo de Hornos y la Antártica. Como telón de fondo tiene las cumbres de los cordones montañosos de la vecina isla Hoste, justo al otro lado del canal Murray, que se tiñen de rojo furioso cada vez que se pone el sol. Pero lo que realmente despierta interés es el valor histórico y arqueológico de esta caleta en la isla Navarino. Y eso es lo que han venido a probar este puñado de científicos, convencidos de que el lugar esconde algo grande.

En Wulaia, que en lengua indígena quiere decir “bahía bonita”, tuvieron su principal asentamiento los yámanas – o yaganes- , pueblo nómade que navegaba por los canales al sur del Beagle. Por aquí pasaron las dos expediciones del marino inglés Robert Fitz-Roy, y en este lugar encontraron a Jemmy Button, el yámana que, junto a otros tres aborígenes (York Minister, Boat Memory y Fuegia Basket), fue llevado a Londres para aprender de la cultura occidental y así servir de puente entre su raza y los europeos.

Aquí también estuvo dos años el naturalista Charles Darwin, quien decretó que el comportamiento y costumbres de los yaganes eran propios de animales y que sólo podían ser el segundo eslabón perdido en la evolución del hombre. Y fue en Wulaia que los nativos se ensañaron con los anglicanos de la Patagonian Missionary Society, y mataron a seis de sus integrantes, cuyas almas se supone todavía vagan por la playa.

“Qué van a penar aquí”, responde con una mirada algo picarona el Pato cuando le preguntan por los famosos espíritus que circulan por la antigua casona en Caleta Wulaia. “¿Le da miedo bajar de noche? No se preocupe, la casa cruje de vieja no más. Aquí no pasa nada”.

Pato es uno de los descendientes de los yaganes que viven en Villa Ukika, un pequeño caserío junto a Puerto Williams, así que conoce de memoria las historias de isla Navarino, en especial ésta, la de la casa encantada.

La casona es una antigua radioestación de la Armada, construida en 1931 en los terrenos de la estancia de propiedad de los croatas Antonio Vrsalovic y Luis Mladineo, y abandonada definitivamente en los años 60. Es el mejor refugio que uno podría esperar, aunque está bastante deteriorado: una construcción sólida con ventanas, amplias habitaciones, salamandras y hasta un baño. Ideal para los pescadores que viven de la caza de la centolla y el centollón, y que suelen fondear frente a la playa. Pero ellos prefieren sus pequeñas embarcaciones antes que poner un pie en el edificio. Por los fantasmas, dicen.

Espíritus o no, la cosa es que el equipo está instaladísimo en la vieja casona, intentando paliar junto al fuego el frío glacial que hace afuera, con un vaso de vino en la mano y organizando las salidas a terreno del día siguiente. “Florence, ¿necesitas ración de marcha?”, le pregunta Denis, el suizo, a una de las arqueólogas, mientras Benito, encargado de evaluar la fauna, revisa las baterías de su GPS.

De no ser por Denis, el grupo no estaría en Wulaia. Un suizo, que llegó de mochilero y se enamoró del país y de una chilena hace ocho años, se mueve en la isla Navarino y sus alrededores mejor que los nativos. Durante los últimos años se ha dedicado a investigar todo acerca de la región – se jacta de tener una de las bibliografías más completas sobre el tema en el país- , así que ahora maneja al dedillo las fechas de las expediciones de Fitz-Roy, así como en qué lugares se instalaron las misiones anglicanas que hubo en la Patagonia. Y para completar los conocimientos adquiridos, Denis decidió iniciarse en el trekking y recorrer de punta a cabo, no importa en qué época del año, la isla Navarino, la Cordillera Darwin en Tierra del Fuego y la isla Hoste. Al final, resultó ser la persona mejor capacitada para marcar los senderos que rodean los terrenos de la abandonada estancia.

Al final del sendero que va hacia el sur de la isla está la bahía Douglas, otro lugar histórico y también bucólico, con caballos semisalvajes que corren libremente por el bosque y unas cuantas vacas que pastan en las orillas del río del mismo nombre. Ahí está la casa Stirling, la más antigua de toda la Patagonia y declarada Patrimonio Nacional. Fue construida por los misioneros ingleses, y como es desarmable se puede trasladar a cualquier lugar. Por eso estuvo en Ushuaia, en Tekenica (isla Hoste) y finalmente en Douglas, donde hasta 1917 tuvo su sede la última misión anglicana de la región.

Hasta hace dos meses, la estructura de la casa había logrado superar los reiterados cambios de domicilio, los embates climáticos y el paso de los años. Ahora espera ser desmontada el que se supone será su último traslado: la gobernación planea instalarla definitivamente en Puerto Williams y abrirla al público como museo. Pero eso será cuando haya cómo moverla. Por ahora está al cuidado de José Uribe, un hombre oriundo de Osorno, que vive completamente solo a cargo de la estancia más austral del mundo.

Por el mismo sendero que termina en Douglas van Florence, Roxana y Benito, las dos arqueólogas y el improvisado ornitólogo. Van evaluando el terreno y deteniéndose cuando algo les llama la atención. Prefieren aplicar la teoría de “el que mucho abarca, poco aprieta”, es decir, optan por recorrer poco pero intensivamente. Así que dejan el ascenso al monte King Scott, ese imponente pico que se levanta junto al canal Murray y que ofrece unas vistas increíbles de las islas que hay al sur de Navarino, para otra oportunidad.

“Cada pequeña caleta es un potencial sitio arqueológico”, dice Florence. Convencida de esto se aleja del sendero y se abre paso metiendo los pies en las turberas y rasguñándose los brazos con las espinas de los calafates, hasta llegar a una apacible caleta rodeada de tupidos ñirres y donde desemboca un pequeño riachuelo. Entonces, descubre que estaba en lo cierto, que la vegetación ha conservado perfecto un conchal. ¿Conchal?

 “Así se llaman los vestigios de los asentamientos de las poblaciones canoeras, y aquí está lleno”. De hecho, el pastizal que rodea la casa y por donde se pasean los caiquenes graznando es un gran conchal. Sólo que uno no sabe que esos huecos que parecen cráteres son la acumulación de conchas de mariscos, y no el producto de la erosión o hundimientos del terreno después de un terremoto.

Mientras Florence analiza el sitio que descubrió, Benito se interna en el bosque de lengas. Ahí se queda largo rato sin moverse, con todos los sentidos atentos al menor movimiento o ruido en las copas de los árboles. Al cabo de un rato ya identifica un carpintero negro y un jote de cabeza colorada. Y descubre también los rastros de chanchos baguales que han escarbado el suelo con el hocico. Al parecer, ésa no es una buena señal, porque estos animales pueden causar daños irreparables en los sitios arqueológicos si los remueven y exponen a la erosión.

Irreparables son también los estragos que causan los castores que se han apoderado de la isla. Las represas que construyen son fantásticas, envidiables obras de ingeniería que cuelgan de acantilados o se instalan en la mitad de un valle y que son cuidadosamente mantenidas. Una labor digna de admiración. El problema es que talan todo lo que encuentran a su paso y transforman bosques milenarios en aserraderos. Y lo que no cortan se pudre con el agua que inunda el terreno.

El que introdujo al castor canadiense en Tierra del Fuego ni se imaginó los trastornos que causaría su “brillante” idea de transformarse en peletero millonario. El pelaje del animal resultó no ser terso, liquidó el negocio y dejó al bicho a la buena de Dios. Después del daño ecológico vinieron las soluciones: introducir depredadores que al final se contentaron con presas más fáciles de cazar. Total que ahora el castor es una plaga y nadie sabe qué hacer para detenerla. Tal vez no sea mala la idea del gobernador provincial, Eduardo Barros, que propone desarrollar la gastronomía local basada en la carne de castor.

El trueque es lo que funciona por estos pagos. Pan, vino y pisco por unas centollas recién salidas del canal. No está mal, nada de mal. El negocio es redondo para todos. Los pescadores tendrán con qué paliar la soledad y el frío por varios días más, y los expedicionarios, la mayoría santiaguinos, tendrán el placer de probar ese sabor sublime que tiene la centolla fresca, cocida al vapor del agua de mar, sin aderezos.

La centolla es la estrella de la cena de la última noche en Wulaia, pero el menú incluye otros ingredientes locales, recién recogidos del bosque. Los digüeñes, esos hongos redondos y naranjos que salen en los árboles y que eran la principal fuente de proteínas de los yaganes, quedan perfectos combinados con el ruibarbo, ese apio ácido introducido por los colonos europeos. Y de postre, un poco de calafate. Un festín para festejar el éxito de la expedición. Primero, los senderos que marcó Denis son de muy buena calidad y permiten recorrer prácticamente todos los puntos de interés que hay en las alrededor de 1.200 hectáreas que tendrá el parque.

Segundo, Florence y Roxana encontraron más de 20 sitios arqueológicos en muy buenas condiciones, superando todas las expectativas previas al viaje. Tercero, en el sendero que llega hasta Puerto Navarino, Benito encontró osamentas de reciente data de guanacos, algo totalmente inesperado porque se pensaba que este animal estaba extinto en Navarino.

El balance final: muy buenos augurios para el anhelado proyecto del parque arqueológico. ¿Qué queda? Esperar que los nuevos concesionarios mantengan Wulaia intacta, inmaculada, como la mantuvieron durante siglos sus concesionarios originales, los yámanas.

Texto: M. Soledad Holley, desde isla Navarino, Región de Magallanes

Posteado en: http://diario.elmercurio.com

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