Crónica de Viaje: Canales Patagónicos

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Cuando la ventanilla de la naviera Navimag abrió a las tres de la tarde para empezar a vender pasajes, las dos primeras personas que había esperando en la cola éramos nosotros. Por si las moscas, nos habíamos presentado cuatro horas antes de la partida ya que según palabras de uno de los responsables de Navimag en Coyhaique “lo mejor era ir temprano porque nunca se sabía si habría pasajes o no”. De hecho, más que no haber pasajes disponibles, el único problema que podíamos encontrar era que no nos los quisieran vender ya que esa era una ruta no turística que el gobierno subvencionaba para ayudar a la movilidad de los residentes en el Archipiélago de los Chonos principalmente.

A pesar de haber dejado las mochilas a un lado para no levantar demasiado la atención, estaba más que claro que nosotros no éramos de ahí, cantábamos como dos almejas chilenas, y nunca mejor dicho. El expendedor nos miró con una cara un tanto extraña, exactamente la misma que pusieron los vendedores de las oficinas de Navimag en Coyhaique cuando les comentamos que queríamos viajar en el Alejandrina. “¿Qué harán este par acá?, ¿sabrán donde se están embarcando?”, debió pensar en cuanto nos vio. Y a decir verdad, ¿quien querría viajar en ese carguero repleto de incomodidades pudiendo hacerlo a todo lujo en otro especialmente pensado para los turistas? Pues nosotros mismos, ni más ni menos.

Básicamente hay dos motivos para realizar con el Alejandrina la ruta que va desde Chacabuco hasta Quellón –en la isla de Chiloé- antes que hacerla con el M/N Magallanes. En primer lugar está el precio y en segundo la ruta. Pese a que el recorrido es algo menor, (el M/N Magallanes llega hasta la laguna de San Rafael, más al sur) creo que si ya has visto otros glaciares, vale más la pena por las paradas que se realizan durante el trayecto. Mientras el Magallanes sale de Puerto Chacabuco y en veinticuatro horas llega a Puerto Montt, el Alejandrina parte del mismo puerto y llega hasta la ciudad de Quellón, en la Isla Grande de Chiloé, parando en lugares tan bonitos como Puerto Cisne, Puerto Gala o Melinka, por citar algunos. Todo esto le toma treinta y seis horas de viaje que por lejos de ser un coñazo, son todo un placer.

Sea como fuere, el chico de la ventanilla nos vendió los pasajes sin pedirnos ninguna explicación y pudimos embarcarnos. Dos años atrás, cuando tomé la misma embarcación para hacer el mismo trayecto pero en sentido inverso, me tocó viajar en la gran sala comunal ya que iba con un nutrido grupo de gente que fui encontrando durante el viaje. Esta vez tuvimos algo más de suerte y por un poquito más de dinero -cuatro Euros al cambio- conseguimos una butaca no reclinable pero que aseguraba poder poner el culo en blando.

Desde que salimos por la mañana de Coyhaique en dirección a Puerto Aysén y posteriormente a Puerto Chacabuco, el día estuvo feo de verdad. Unos enormes nubarrones cubrieron el cielo por completo y no había manera de que la lluvia cesase ni que fuera por un instante. La opción de tener una linda y soleada travesía por los canales patagónicos y sus fiordos se iba desvaneciendo poco a poco, pero tampoco podíamos hacer nada, era lo que había.

Con puntualidad chilena –que en esa parte del mundo significa alemana- y con algún que otro rayo de sol queriendo asomar por entre las nubes para iluminar el espléndido fiordo Aysén, el Alejandrina zarpó rumbo a la Isla de Chiloé con media cubierta llena de carga y con mucho menos pasaje del que esperábamos encontrar.
Aún no habíamos dejado atrás el ajetreo del puerto, el cielo nuevamente se tornó gris plomizo y la lluvia arreció de nuevo. Con poco más que hacer más que esperar que pasasen las primeras horas, nos metimos en la sala de butacas a jugar un rato a las cartas y a comer algo con la esperanza de que a la mañana siguiente el cielo estuviera algo más despejado para poder disfrutar de pleno del increíble paisaje.

A pesar de no haber dormido como uno lo puede hacer en una buena cama, la noche que pasamos no estuvo del todo mal, podía haber sido peor. Tan solo la parada que realizamos en Puerto Aguirre -una de las islas del archipiélago- para que se incorporara más gente al viaje, nos desveló intermitentemente. Todavía con los ojos medio pegados por el sueño, corrimos las cortinillas de la sala esperando ver nuestros deseos cumplidos pero no fue así. El cielo continuaba igual o peor que el día anterior y la jornada que se presentaba no era la mejor que se podía desear. En fin…

Bajamos a la sala y nos apalancamos una mesa en la que poder desayunar y nos tomamos un riquísimo café con vainilla que nos hizo entrar en calor rápidamente. Al no haber demasiada gente, las complicaciones eran mínimas. De todas maneras, tras la parada que el navío realizó durante la noche se notaba que había más gente que cuando zarpamos de Puerto Chacabuco.

Al poco de desayunar, y mientras veíamos pasar el tiempo rodeados de nubes, el barco empezó nuevamente a aminorar la marcha. Estábamos llegando a Puerto Cisne, un lugar que pese al mal tiempo que estaba haciendo, se veía hermoso desde cualquier punto de vista. Las nubes mañaneras que cubrían el pueblito a tan temprana hora hacían que todo pareciera fantasmagórico, como en una historia de piratas. No estuvimos demasiado rato en aquel bello paraje y en cuanto las pocas y mojadas personas que aguardaban la llegada del Alejandrina hubieron embarcado junto a un par de vehículos, partimos sin demora.

Durante un buen rato nos quedamos en la cubierta viendo los nublados fiordos hasta que al poco nos metimos en la sala para ver una película con la que pasar el rato. Nos tocó una bastante mala, “Clic”, que por cierto ya habíamos visto en un bus viajando hacia Ushuaia. Cuando acabó salimos de nuevo a la cubierta superior y vimos lo que nadie se esperaba, poco a poco el cielo se iba abriendo y pequeñas clarianas de un intenso azul se hacían un hueco entre tanto gris. Mirando hacia el norte, la cosa todavía pintaba mucho mejor ya que el color que más se veía en el firmamento era un intenso y brillante azul.

No eran todavía las once de la mañana cuando el sol que resplandecía sobre nosotros era de lo más espectacular. Parecía increíble que el tiempo hubiera podido cambiar tan y tan rápido pero por lo que recordaba de mi anterior viaje, eso era algo bastante normal en esa época del año.

La siguiente parada que hicimos fue en Isla Toto, concretamente en Puerto Gala, un lugar sencillamente precioso en el que nos detuvimos bastante rato para que más pasajeros pudieran embarcar y para que parte de la carga que llevábamos pudiera ser descendida.

El lugar en cuestión era una especia de bahía formada por dos islas separadas entre sí por un puente de no más de cincuenta metros y en el que una pasarela corría de lado a lado de los islotes como si fuera la calle principal del pueblo. Lindo de verdad. Amarrados a los pequeños muelles que había junto a los palafitos de la costa se veían pesqueros multicolor prestos a partir en cualquier momento, dado que la casi totalidad de las personas que viven en estas y en las otras islas del Archipiélago de los Chonos son pescadores o trabajadores de criaderos de salmón y crustáceos.

A medida que nos adentrábamos en la tarde y el sol cabeceaba más y más tras las frondosas y nevadas montañas de los fiordos, de nuevo el cielo empezó a oscurecerse y a taparse con negras nubes. Era como si el regalo del que habíamos disfrutado durante todo el día tocase a su fin y nos tuviéramos que conformar de nuevo con la insulsa rutina patagónica de un cielo ceniza y amenazante. Que más daba después de todo, lo mejor ya nos lo habíamos llevado y lo que estaba más que claro era que no nos íbamos a quejar. Después de un día así, ¿quién iba a decir lo más mínimo? Hasta el capitán, sorprendido por el tiempo que habíamos tenido durante casi todo el día, me comentó: “esto es un regalo divino”. Nadie mejor que él para saberlo.

La segunda noche a bordo del Alejandrina la pasamos con más estrecheces que la primera, ya que el número de personas que se embarcó a lo largo del día fue inversamente proporcional al poco espacio que había en la nave. Si en la sala principal la gente se hacinaba en cualquier lugar para poderse estirar y dormir un poco –con colchones incluidos- en la sala de butacas la cosa no era para menos. Y esto, añadido a los ronquidos que un ternasco patagónico soltaba sin cesar, pues era ya la bomba.

Pese a todo, la noche se pasó y a la mañana siguiente, con la silueta de la Isla de Chiloé a dos horas escasas de navegación, nos despertamos bastante mejor de lo que en un principio pensamos. Por lo menos no nos arrastrábamos por la cubierta, y eso ya era mucho. A medida que el Alejandrina se acercaba más y más a Quellón, la única cosa que teníamos en mente era poder encontrar a la mayor brevedad posible un hospedaje en el que instalarnos para darnos una rica y calentita ducha. Desde que habíamos salido de Coyhaique andábamos con la misma ropa (sin contar los días precedentes por problemas de lavanderías) y teniendo en cuenta que tampoco habíamos pasado por ningún tipo de enjuague, el aroma a corsario y a bucanero que se detectaba a nuestro alrededor era bastante importante. Es lo que tiene el viajar así, a veces hay que apechugar con ciertas cosas que uno en su día a día normal ni se las habría planteado. Es como si antes de dejar la vida que llevaba en Barcelona,me hubiera ido a dormir con la camisa del trabajo y al día siguiente hubiera vuelto con la misma camisa a trabajar, y de nuevo me hubiera ido a dormir con esa camisa, y así sucesivamente hasta que… aparece el bucanero que todos llevamos dentro. Sea como sea, no caben muchos remilgos a la hora de viajar ya que para llegar a disfrutar de según qué, a veces hay que pagar un precio. Y dicho sea de paso, el andar varios días con la misma ropa pues no es nada especial. Para qué engañarnos.

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