Aventura en la punta del mundo: Recorrido por la Patagonia chilena

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Dicen que en el extremo inferior de Sudamérica, uno puede vivir las cuatro estaciones en un solo día. Están equivocados.

Es verdad que el clima cambia rápido y de forma drástica, pero ¿en qué verano uno puede ir en busca de hielo glacial para poner en cócteles? ¿Cuál es la temporada correcta para ver abejas del tamaño y el color de quinotos o naranjas chinas? ¿Qué clima conserva la guarida de un animal prehistórico?

Tal vez, además del invierno, la primavera, el verano y el otoño, debería haber una estación llamada Patagonia.

No hace falta decir que la Patagonia Sur es uno de los lugares más remotos del mundo. El lado chileno estuvo exclusivamente habitado por tribus indígenas hasta mediados del siglo XIX, cuando algunos europeos intrépidos empezaron a llegar para criar ovejas y vacas.

Incluso hoy, la Patagonia se siente de otro mundo, indómita y bastante rara, incluso —o quizás especialmente— desde la comodidad de un hotel súper lujoso.

En enero, mi esposo y yo nos adentramos en la Patagonia chilena, en pleno verano en el Hemisferio Sur, para experimentar su belleza salvaje y contrarrestar nuestra existencia urbana realizando tantas actividades de aventura como pudiéramos en cuatro días. Planeé ver mi primer glaciar, montar a caballo y alcanzar las cumbres de los monolitos de granito del Parque Nacional Torres del Paine. Nos ayudaría el sol, que a latitudes tan bajas se mantiene en el cielo durante 17 horas al día.

El viaje requirió dos vuelos desde Temuco, casi 700 kilómetros al sur de Santiago, y un largo recorrido en auto por una ruta con muchas curvas, pasando por valles llenos de arbustos y montañas escarpadas. Después de tres horas, llegamos al Seno Última Esperanza. Arribamos a un depósito largo y oscuro con un viejo techo de chapa que alguna vez fue parte de un matadero.

«¿Es aquí donde tiran los cuerpos?», le susurré a mi marido.

Al final había una sala cubierta de vidrio y acero. Un botones nos acomodó en un funicular que nos llevó al lobby de ladrillo del hotel The Singular Patagonia, que a fines del año pasado inauguró la remodelación de una histórica planta de procesamiento ovino.

Al final de la tarde, huéspedes emocionados regresaban de las excursiones de kayak, senderismo y bote. Por más distintivo y atractivo que fuera el hotel —nuestra habitación tenía una pared entera de vidrio con vista al paisaje— queríamos iniciar nuestras actividades. Pedimos prestadas dos bicicletas de montaña para viajar cinco kilómetros hasta la ciudad de Puerto Natales, pero los vientos de 50 kilómetros nos detuvieron.

En lugar de eso, caminamos a la luz del día a las 8 de la «noche» por el «vecindario», un pequeño grupo de casas modestas frente al golfo. Aprovechamos para observar el impresionante paisaje, que en la Patagonia cambia constantemente junto con el clima.

La mañana siguiente nos propusimos estar menos relajados y nos dirigimos a una excursión de medio día en el Monumento Natural Cueva del Milodón. A fines del siglo XIX, exploradores encontraron, en una cueva a 80 metros de profundidad, la guarida de una enorme criatura peluda. La piel lucía tan fresca que creyeron que el animal había muerto recientemente, pero resultó ser un milodón, un extinto perezoso de tres metros de altura, de hace 10.000 años.

Nuestro guía nos llevó por un sendero placentero pero en partes accidentado; hicimos una pausa para examinar una delicada orquídea porcelana y disfrutar de la vista. En una cueva, nos escurrimos por un pasadizo a una cámara posterior. Pero en la cueva principal, encontramos algo más emocionante: decenas de pelos en el suelo. No había científicos allí, pero creemos que pertenecieron a una bestia prehistórica.

La comida que sirve el Singular tal vez sea de las mejores de Chile. Los menús cambian a diario e incluyen delicadezas como prosciutto de cordero y ñoquis de remolacha, servidos con vino o la cerveza gastronómica de Ferran Adrià. Un almuerzo de tres platos era justo lo que necesitábamos para reabastecernos, ya que pasamos la tarde a caballo en las cercanas colinas, cruzando riachuelos y buscando arbustos con flores amarillas. Por todo alrededor, siempre había un vasto cielo y un paisaje cambiante.

El sol nos indicó que teníamos tiempo para más diversión, específicamente masajes y un tiempo en la piscina interior-exterior del hotel. Nadamos bajo una partición de vidrio y nos sentamos con el pelo mojado afuera cerca del borde del fiordo.

Estaba ansiosa el tercer día, porque desde hacía años había querido ver un glaciar, y cuando el incendio forestal en el área amenazó con arruinar nuestro viaje, me sentí muy decepcionada. Pero las condiciones eran adecuadas para un viaje en bote al Parque Nacional Bernardo O’Higgins. Atravesamos a gran velocidad el Seno Última Esperanza, pasamos acantilados rocosos con angostas cascadas glaciales. A lo lejos, podíamos ver los bordes pálidos de los hielos continentales. Luego, llegamos a un glaciar brillante que parecía fluir de una colina hacia el agua, enmarcado por peñascos oscuros.

Desembarcamos en un muelle para otra caminata, donde vimos las enormes abejas, que nuestro guía describió como «amistosas». Nos señaló unas bayas de calafate, de las cuales se dice que si uno come una, algún día volverá a la Patagonia. Nuestra excursión terminó al pie de un glaciar turquesa, donde escuchamos y vimos cómo se rompían trozos de hielo. Antes de volver al hotel, el capitán del bote recorrió la ensenada en busca de pequeños icebergs para refrescar nuestras bebidas.

Había una cosa más en nuestra lista, así que después de un suculento almuerzo, nos dirigimos al Hotel Las Torres, en la base de los monolitos de granito del parque nacional. No pudimos ir a la cima, porque debíamos regresar el día siguiente. Pero como premio de consolación, hicimos una caminata de 90 minutos a un lago azul zafiro. Vimos mucho, pero no lo suficiente. Nos dijimos que las torres de todas formas estaban cubiertas de neblina, pero que al menos habíamos comido calafate.

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